Me aparto el plato de la mesa y miro las noticias escéptica, me pasa un espasmo por la espalda, será posible?

–  Vení a ver niña – mamá como siempre haciendo aspavientos,  me levanto de la silla y la tele suena como sorda al final de la sala.

En lo que miro el noticiero me vienen ideas extrañas, como en qué estaría pensando el difunto, es decir, con la rara conciencia de saberse en una platina metálica y un patólogo que lo examina, el llanto de las mujeres con velos en el salón contiguo.  Sin lugar a dudas esos lamentos erizan hasta  la piel sin vida de un muerto.

Y para terminar de hacer odioso el momento al difunto ni por su nombre le llaman, como si lo hubieran olvidado, ahora es solo el cuerpo y al cuerpo se le prepara como es debido, elegante y sin mancha que arruine su reputación del más digno presidente, luego sabe que va a deambular en un carro maltrecho con vestigios de fineza, se angustia al pensar que ahora lo miran como un puñado de restos humanos, sin palabras que lo defiendan.

Así que sin mucho preámbulo el presidente se rebela y con un grupo de familiares y miles de fanáticos, bajo el sol más incesante, prefiere guiar él mismo a la comitiva y reflejar el último vestigio de poder.

Va a mil costos y a pie, porque usted sabe que los muertos no conducen.

Sin el rigor mortis de ayer, llegó hasta el hoyo donde se ahogará entre gerberas y clavelines.  Se acerca con miedo, preguntándose hacia donde se dirige un pecador como él,  si al Limbo de los creyentes como le enseñó su madre o al mismo infierno.

Se limpia el sudor de la frente, se persigna devotamente y en un lapso sordo se lanza con el pecho hinchado de orgullo…

Al día siguiente salió en todos los diarios venezolanos la sorprendente noticia de como el coronel Hugo Chaves no quiso ser transportado en un carro funerario.

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Inspirada en la muerte de Hugo Chaves ocurrida el 5 de marzo de 2013.

Por Jill B.V.

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